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martes, 26 de mayo de 2009

Parsimonius IV

Flotando en medio de un remoto vacío interestelar se encontraba el Hotel Parsimonius IV, construido por orden de uno de los presidentes más sibaritas y adinerados de la galaxia. Las revistas de viaje y guías mejor consideradas del universo lo calificaban como “el espacio más lujoso existente, superando incluso al Palacio Heliocéntrico Intergaláctico (palacio de congresos construido en el núcleo de la estrella Vega) o al polémico Hotel Errante (excavado a través de un descomunal asteroide en órbita de colisión con el planeta Albos C15, un mundo incandescente recubierto completamente de magma y lava)”.

El Hotel Parsimonius IV ofrecía, además de todos los servicios dignos de una empresa de tal calibre, la posibilidad de disfrutar de un espectáculo único: la destrucción de una preciosa estrella hiper gigante azul que orbitaba en torno de un voraz agujero negro. Por ello, el cuerpo cilíndrico del hotel se ramificaba en todas direcciones, formando protuberancias que se entrecruzaban como los tallos de hiedra, al final de los cuales se habían erguido unas grandes cúpulas de cristal. En el interior de éstas cúpulas los espectadores podían disfrutar de la tétrica vista mientras el personal del hotel les servía comida y bebida por doquier al son de la música en directo y otros espectáculos.

Es cierto que corría el rumor de que muchos de los clientes, sobre todo las formas de vida basadas en el carbono, desarrollaban cáncer, por lo que muchos grupos médicos y familias de las víctimas de estas enfermedades formaron la Plataforma contra el Hotel Parsimonius IV, alegando que los problemas de salud eran debidos a la radiación que emitía el agujero negro y que el hotel debía ser clausurado.

Por supuesto, el propio presidente Parsimonius IV invirtió una enorme suma de dinero para que unos expertos evaluaran la situación y comprobaran la verdadera causa de las dolencias. Tras dos arduas semanas de trabajo, los especialistas elaboraron un informe y el propio Parsimonius IV declaró en una rueda de prensa: “Los resultados de nuestro equipo de expertos apuntan a que la causa directa de las mutaciones genéticas y los tumores no es la radiación del agujero negro, sino el estrés producido por la idea de tener que abandonar el hotel y volver a la vida cotidiana. Para evitar posibles problemas, recomiendan encarecidamente la prolongación de las estancias y la realización de ocasionales visitas posteriores al hotel, de manera que el abandono no resulte tan traumático para el organismo”. Gracias a ésta declaración los huéspedes recobraron la calma y la mayoría de ellos pagaron por adelantado estancias de hasta un año de pensión completa en el Hotel Parsimonius IV. De ésta manera el estrés pasó a formar parte de la lista de las cinco dolencias que más muertes causan en la galaxia, justo entre la Inflamación Encéfalo-Hepática Betelgeusiana y el Síndrome Hidrofóbico Extremo (por el cual los pacientes tienen tal miedo al agua que intentan secarse a sí mismos por cualquier vía, ya sea introduciéndose en la secadora o acercando sus naves a órbitas estúpidamente cercanas a la estrella más próxima).

sábado, 4 de abril de 2009

Esquizofrenia

Otra vez la misma historia, y además tan inoportuna como siempre. Me encontraba con mi jefe y otro compañeros de trabajo, charlando sobre el futuro de la empresa frente a la entrada de las oficinas: un edficio de tres plantas que destacaba primordialmente por sus amplios ventanales en los que el arquitecto había puesto especial atención porque, según él, daban una mayor sensación de libertad.

Ésta vez la voz quería que tocase ocho veces la ventana con el costado izquierdo de mi cabeza.

Intenté resistirme, como de costumbre, pero una extraña sensación me decía que algo malo iba a pasar si no obedecía los extraños designios de aquella especie de personalidad que se había infiltrado en mi cabeza hacía ya tantos años. Tal vez la palabra "voz" no fuese el término adecuado para describirlo. Más bien debería hablar de una sensación imperativa que no parecía proceder de mi mente y que constantemente me ordenaba que hiciese cosas que desde el exterior debían parecer absurdas. Para alguien que no lo haya sentido podría parecer una estupidez, una niñería que bastaría ignorar para evitarla. Pero para mí era un auténtico suplicio aquel sentimiento tan fuerte que me decía que, de no obedecer, algo realmente malo podría pasar a algún ser querido... O a todos.

Ya estaba acostumbrado a hacerlo: lo más difícil era camuflarlo. Poco a poco, me alejé del grupo dando pequeños pasos hacia atrás. Los otros dos hombres no parecieron prestar atención a aquel hecho, de modo que me permití acelerar un poco el ritmo. Finalmente, pude palpar el muro con mi mano izquierda y giré noventa grados, sin perder de vista a los demás, buscando la ventana más cercana.
- ¿A dónde vas?- preguntó mi jefe, al percatarse de mi ausencia.
Aquello me pilló de improvisto.
- Iba... A llamar por teléfono un segundo, no quería interrumpir la conversación- improvisé, sacando el móvil del bolsillo y mostrándolo a los demás como si se tratase de una prueba concluyente de lo que decía era verdad y para nada iba a hacer nada raro.
La mentira pareció satisfacer su curiosidad y ambos continuaron con la conversación. Me acerqué más a la ventana, llevándome el móvil al oído derecho mientras marcaba un número de teléfono imaginario que contenía muchos cuatros. Curiosamente, con la llegada a mi cabeza de "la voz", se había colado además una curiosa manía por los números pares y potencias de dos.

Finalmente alcancé la ventana y me apoyé la espalda contra ella como si descansase. Incliné ligeramente la cabeza hacia un lado mientras me inventaba una conversación telefónica basada en la afirmación monosilábica de cualquier cosa que me comunicasen desde el otro extremo de la línea. Comencé a mover la cabeza para que el lado izquierdo tocase la ventana ocho veces. Uno... Dos... Tres... Cuatro...
- ¡González!- exclamó el compañero- Luego vamos a comer al restaurante de la otra esquina, ¿vendrás?
- Sí... Claro- tartamudeé, sobresaltado ante la idea de que me hubieran descubierto. Ante todo tenía intentar hacerles ver que todo iba bien y que soy un tipo normal.
Continué obedeciendo a la voz, pero aquella súbita interrupción me había hecho olvidar cuántas veces había tocado ya la ventana con el lateral de mi cabeza. Como una especie de castigo, aquella sensación, la voz, volvió, obligándome a repetir el movimiento otras dieciséis veces.

Empecé a ponerme nervioso. Intenté ignorar la orden, pero a mi mente vinieron horrendas imágenes de muerte que no viene a cuento describir. No pude hacer más que rendirme de nuevo y obedecer. Por suerte, ésta vez no hubo más intervenciones y mis compañeros no me habían dirigido la mirada, o al menos no les vi hacerlo. Posiblemente alguien desde situado al otro lado de la ventana se estaría preguntando què hacìa un tipo raro pegando la cara a la ventana repetidamente, pero no me importaba en aquel momento. Aliviado, guardé de nuevo el móvil y me acerqué al grupo.
- Lo siento, mi mujer ha ido a comprar un coche nuevo y me pedía mi opinión sobre un modelo que le gusta- mentí con tal de que sonase convincente.
- Un coche nuevo, ¿eh?- repitió mi jefe- Veo que tu casa es invulnerable a la crisis- bromeó golpeándome la espalda con su mano de gorila.
- Sí, claro- dije bajando la cabeza e intentando sonar divertido.
- Me alegro de que sea así, porque estaba hablando con tu compañero y acabo de ascenderle a director de producción. Pretendía sugerírtelo a tí también, pero te has ido a hablar por teléfono y él me ha dado sólidos motivos para ocupar el puesto.
- Ah, pues...- intenté vocabulizar, atónito.
- Esperaba tener en cuenta tus argumentos- me cortó mi jefe-, pero parece que no vas mal de dinero... Pero no te preocupes, ya llegará tu día. ¡Vaya, se ha hecho tarde! ¡Venga, de vuelta al trabajo, muchachos!- señaló al mirar la hora en su opulento reloj.

Los dos hombres se pusieron en marcha y me quedé inmóvil en medio del patio. Las cosas llevaban demasiado tiempo así. Estaba cansado pero a la vez acostumbrado a ello. No dejaba de sentir rabia hacia aquella maldita personalidad que me hacía la vida imposible a diario y que no parecía tener intenciones de largarse de mi cabeza. Respiré profundamente y miré la situación por el lado positivo. Tal vez mi jefe no me ascendiera, pero parecía que de momento mi secreto seguiría a salvo. A salvo entre yo.. Y la voz.

miércoles, 1 de abril de 2009

Trovador

Tétricos trazos, tristes y trémulos, brotan tras entramadas trampas.

Todo truco, estratégicamente tramado sobre tu trono, atrasa toda trama, tan tardía, tan tarada, tan trenzada tras tus palabras. Atrás, tus típicas tretas atraen atroces trizas, trozos de trémulos tinteros, trágicos trueques por truenos truncados.

Tal vez tarde, trepo al atrio destartalado y te encuentro, un triste tipo atrapado tiritando tras tribunas atestadas de trastornados monstruos, tropas de trapo, tercos truhanes tratando de tragar algún rastro de altruismo acuartelado tras las entrañas de tal tonto, infructuosos torpes. Tanto tiempo y tan sólo tiene otro tinte, medito. Tanto tiempo tan torpemente agotado.

viernes, 27 de marzo de 2009

What you mean to me

Intenta imaginar un espacio infinito. Un lugar donde falla el sentido de la proporción humano y miles de millones de galaxias de todas las formas y tamaños albergan billones, tal vez trillones, de estrellas separadas por distancias inimaginables, pero que en conjunto no parecen más que motas de polvo arremolinadas en torno a un brillante centro ocupado por voraces bestias, remanentes de los hornos nucleares primigenios más potentes y cuyo objetivo final es engullir por completo hasta los más recónditos suburbios cósmicos que les rodean: moribundas gigantes rojas, brillantes estrellas blancas recién nacidas u otras más comunes, anaranjadas y de tamaño medio o las colosales y extrañas hipergigantes azules, antítesis de las apagadas enanas marrones.

Y en medio de este bullicio intergaláctico, sobre la superfície de algunos pedazos de roca errantes que orbitan alrededor de una casi inexistente fracción del total de las estrellas, tal vez se hayan dado las condiciones necesarias para la vida. Una vida que pende de un hilo, amenazada constantemente por el entorno que la vio nacer: asteroides, agujeros negros, radiación de todo tipo, cataclismos estelares... Todo ello reduce aún más las cantidad de seres vivientes en el universo.

Con todo, la posibilidad de encontrar un vestigio vital puede parecer pequeña, desdeñable probablemente, pero el universo es un lugar tan inconmensurablemente gigantesco que son decenas de millones los planetas repletos de seres que piensan, sienten y logran cosas inimaginables que otras formas vivientes recordarán durante siglos, tal vez milenios mientras otras civilizaciones, perdidas en la inmensidad del espacio, no podrán más que elucubrar sobre las maravillas que puede lograr la vida y, sin embargo, todo eso no es más que un insignificante pedazo sin importancia de la creación que tan pronto como apareció desaparecerá en una infinitésima fracción de eternidad. Millones y millones de almas que aparecen y desaparecen orquestadas por las manetas de un reloj que no entiende de tiempo en una obra de teatro colosal.

Y en un diminuto y frágil reducto azul de toda esta obra inconmensurable nos encontramos nosotros, te encuentras tú.

Porque de entre todos los lugares y épocas donde podrías encontrate, bajo cualquier forma, en algún rincón recóndito de una extraña galaxia, como la nuestra, nuestros caminos se han cruzado en una diminuta porción de tierra situada en medio de un ingente mar que no es más que una parte del agua que cubre un planeta miles de veces más pequeño que la común estrella amarilla de tamaño más bien pequeño alrededor de la cual orbita. Una mota de polvo, como decía, entre las miles de millones de vecinas estelares de su misma galaxia que, a su vez, tan sólo es una apagada brisa de aire en medio de un brillante huracán.

Y es a veces, cuando pienso en esta aparentemente irreal casualidad, que me paro a pensar en lo que significas, lo que eres.

Apenas un punto para el universo.
El universo entero para mí.

lunes, 23 de febrero de 2009

Mi primera vez

Eran las 16:00 PM y llegaba tarde. No iba a producirle una buena impresión, pero tampoco me importaba demasiado, por que para eso le pagaba. Aceleré un poco el paso hasta que llegué a la esquina donde se encontraba ella, una mujer obesa de unos treinta y tantos años, con el pelo castaño y corto. Sus gafas rojas de pasta aumentaban sus ojos de pez como si de lupas se tratase y el collar que portaba parecía una soga que oprimía su papada. En pleno Agosto, ella resoplaba debido al calor, que junto con algún tipo de problema hormonal debía ser el detontante de tres oscuras manchas de sudor en su espalda y bajo sus axilas.
Se llamaba María y aunque aquella mujer no era precisamente Afrodita, me habían dicho que era la mejor de la ciudad.

Cuando me acerqué, me miró con pesadumbre, tal vez pensando en la cantidad de chicos como yo con los que había quedado esa tarde y la larga jornada de trabajo que le correspondía.
- ¿Habías hecho esto antes?- me preguntó sin rodeos mientras se acercaba con pasos torpes hacia mí.
- Sí, una vez con mi padre en un descampado y otra vez con mi tío.
- Entonces podemos partir hacia el Hostal del Mar, tengo ganas de ver cómo te mueves. Una última cosa: prefiero que tomes precauciones, no querría que nos llevásemos un disgusto.

Entré en el coche y me senté en el asiento del conductor. Tras abrocharme el cinturón y dar el contacto, ella posó su mano sobre mi pierna.
- Te noto nervioso. Sé que puede resultar una situación un poco tensa, pero te aseguro que conmigo no va a haber ningún problema. Puede decirse que soy especialista en tratar con gente sin experciencia como tú.

En cierta manera sus palabras me tranquilizaron, pero de todos modos un sinfín de preguntas me asaltaban la cabeza: ¿Y si iba demasiado rápido? ¿O, por el contrario, demasiado lento? ¿Y si me pedía que diese la marcha atrás? Eran demasiadas cosas de las que preocuparse así que decidí que me dejaría llevar cuando llegase el momento.

Arranqué el coche y María comenzó a indicarme cómo llegar al hostal donde, al parecer, llevaba a todos sus clientes, un sitio barato, cerca de la playa. El volante resbalaba bajo mis manos sudorosas por los nervios. Sentía que María me miraba de tanto en tanto y a veces me preguntaba por mi vida para aliviar la tensión de la situación.

- Cuando volvamos, te parecerá que eres un hombre nuevo- comentó en una ocasión-. Te preguntarás cómo puedes haber vivido tantos años sin hacerlo. La primera vez es algo inolvidable.

Volví la cabeza hacia ella para dedicarle una sonrisa y, en una décima de segundo, María abalanzó su orondo cuerpo sobre mis piernas y tomó el volante, girándolo bruscamente hacia la derecha para, tan repentinamente como antes, dar un volantazo a la izquiera y volver a la carretera. Mientras nos reincorporábamos al carril, pude ver cómo un deportivo pasaba a escasos centímetros de nosotros en dirección contraria y María quedaba prácticamente tumbada sobre mí, asomando la cabeza por mi ventanilla y gritar "¡Hijo de puta!" con una voz más varonil que la del hombre más peludo que haya existido jamás.

- Lo siento, pero estos domingueros me ponen de los nervios- dijo María mientras volvía a sus sitio y se tranquilizaba-. Ahora toma el primer desvío a la derecha- continuó como si no ocurriese nada.

Aunque tenía el corazón algo alterado y comenzaba a preguntarme si no iba a ser todo muy precipitado, le hice caso a María y continué con el camino. Tras veinte minutos de viaje sin ningún otro tipo de incidente, terminé aparcando en la plazoleta que había frente al hostal. Aliviado, me quité el cinturón de seguridad y respiré tranquilo.

- Para ser tu primera práctica de coche, no lo haces nada mal. Te felicito- me dijo María al llegar-. Vaya, se está haciendo tarde y ahora le toca el turno a otro chico, deberíamos volver a la autoescuela.

Asentí y saqué el coche del aparcamiento sin muchas complicaciones. Me habían sorprendido los reflejos de mi profesora de la autoescuela y cómo había evitado un accidente de coche y luego tener ánimo para continuar con la clase. La gente tenía razón: María debía ser una de las mejores de la ciudad.

Más tarde, cuando llegué a casa y me disponía a ducharme, frente al espejo, noté una franja de piel irritada que recorría mi pecho hasta el abdomen. En seguida recordé el volantazo que había dado María y cómo mi cuerpo golpeaba en seco contra el cinturón de seguridad. "Menos mal que he tomado precauciones", pensé.

lunes, 16 de febrero de 2009

El viento sacudía con fuerza las copas de los árboles de hojas ennegrecidas por el intenso frío. La Luna se ocultaba tras una traslúcida cortina de veloces nubes oscuras que pasaban frente a ella a toda velocidad. Sentía las piernas agarrotadas, pero no podía detenerme. No mientras aquella cosa siguiese pisándome los talones.

Podía sentir la tensión a la que estaban sometidos cada uno de los músculos de mi cuerpo. El corazón, sobrecargado, parecía poder estallarme en cualquier momento. La adrenalina recorría mis venas: agudizaba mis sentidos. Miles de agujas parecían clavarse en mis pulmones entre mi agitada respiración, inundados por el aire helado.

Llegué a un claro en medio del espeso bosque. Busqué con la mirada algun tipo de escapatoria, pero no alcancé a ver más que densos laberintos de zarzas inexpugnables. Comprendí que no tenía escapatoria.

El suelo, convertido en un mosaico de roca y barro, iba a ser un resbaladizo coliseo.

sábado, 14 de febrero de 2009

Tanteaba a ciegas por la habitación.

El silencio era tal que podía escuchar los latidos de su propio corazón en aquel espacio tan reducido y totalmente oscuro, pero prefería ignorarlo. Palpaba las paredes húmedas con sus manos cada vez más entumecidas por el frío y aguzaba el oído, expectante, por si aquello que buscaba desesperadamente emitía alguna señal de su existencia. El tiempo discurría con lentitud mientras por dentro se sumía en una profunda desesperación. Ni siquiera recordaba qué había ocurrido para terminar en aquella situación. Lo cierto es que llevaba allí desde que tenía uso de razón y sabía, además, que no podría escapar hasta encontrar algo, aunque no sabía con certeza de qué se trataba.

Las cuatro paredes que le rodeaban no eran más que una distracción. La oscuridad y el silencio eran tan irrelevantes como la agobiante humedad del lugar.

El frío tan sólo era un síntoma.